Roca espiral


La semana pasada caí en cuenta de que cada año, más o menos en estas fechas y con motivo de mi cumpleaños escribo una entrada en alguno de mis espacios, desde 1999 he tratado de mantener lo que ahora se conoce como  “blog”, algunos momentos con suerte, otros no, y en esos espacios han quedado para la memoria estas entradas que ocasionalmente cuesta trabajo leer.

Debo mencionar que las palabras que vienen a continuación son un ejercicio personal, no tienen destinatario, ni dedicatoria, ni intención de incluir un mensaje entre líneas y si lo tiene será por un accidente semiótico y por la interpretación subjetiva del lector; insisto, lo hago cada año como un ejercicio para testimoniar mi condición actual, lo que creo, motiva y ocupa mis pensamientos en los momentos cercanos a mi cumpleaños, luego es un ejercicio, al menos entretenido, revisarlos y notar el paso del tiempo, que de eso se trata la vida, de seguir avanzando en ese espacio temporal.

Sobre ese asunto del tiempo se ha escrito tanto, pero me parece que no lo hemos logrado entender, perdón por la generalización, quiero decir que al momento y con lo poco que he logrado aprender del concepto tiempo no lo he logrado asimilar, me parece un concepto extraño y ajeno pero que, curiosamente, es parte fundamental de mi labor profesional, es gracioso y a su nivel también resulta un poco paradójico, un ejemplo es mi gusto por los relojes aunque no me acostumbre utilizarlos. Este asunto de mi relación con el tiempo tiene un origen atropellado, el primer momento del que tentó memoria en el que me detuve a pensar en ese concepto fue hace 17 años, era 1994, ese 1994 de mis 18 años; un año antes me enfrenté por primera vez al sentimiento agridulce del primer gran amor, no abundaré en el tema porque no me interesa por el momento pero quiero marcar la diferencia de amor y enamoramiento, regreso al punto, un año antes del 94 yo de 17 y ella de 14, vecinos, identificación plena, identidades y gustos compartidos, charlas interminables que terminaban con los gritos de la madre y cosas que suceden, regularmente, a esa edad. Pasó el tiempo y al año siguiente, el 94, con 18 años recién cumplidos me dispuse, enfundado en una película resultado de la combinación de fino perfume, gel corriente y ropa de novedad, a presentarme como el novio formal de la festejada quinceañera, la cita fue en una disco de la zona rosa; las capacidades de la familia con la que compartía vecindario eran de tal alcance que podían alquilar un lugar de moda para el festejo e ingesta de bebidas alcohólicas y naranjadas espumosas a su voluntad, así el flamante nuevo poseedor de su credencial para votar se presentó con todo y su película múltiple a la puerta del feudo temporal de los vecinos ricos, no entraré en detalles tan sólo diré que el asunto terminó en madrazos, bueno, está bien, el asunto termino con el de la película bastante madreado (sin comentarios), con este frugal accidente fílmico y con un orgullo inconmensurable que me impedía regresar del feudo temporal a la pradera del sur antes del tiempo que uno supone pasaría en una fiesta de quince años, tomé camino por ahí, ese por ahí que todos hemos buscado y algunos encontrado y que me llevó finalmente a estar sentado a la medianoche frente a una espiral gigante con cara de serpiente, sean observadores, seguro la han visto justo por ahí, supongo que fueron los aromas maltrechos de lo resultante de la  película madreada porque una revelación se presentó frente a mí y caí en la cuenta de que el paso del tiempo tiene esa forma, a los 18 no tenía tantos elementos para formar un marco de referencia, ahora apenas los tengo, pero me percaté que los asuntos que suceden en la vida y que me ocurren en lo particular tienden a ser patrones recurrentes que se replican con el paso del tiempo, no hay acciones nuevas, son elementos predecibles que de alguna manera llegan uno después del otro de manera sucesiva e interminable, el tiempo tiende a girar sobre sí mismo, como los relojes, piensen en un reloj que se desplaza en el espacio, aun un reloj que con su movimiento circular se mantiene fijo en un punto pero en este planeta seguimos en movimiento y entonces avanza como un tornillo, como perforando constantemente, se puede mirar en un plano y tiende a ser curvo, en dos y vemos una espiral concéntrica o en tres con una helicoidal, son representaciones del ritmo eterno, el mismo ritmo que tienen los ciclos universales, los giros de un planeta, de un satélite sobre su planeta, del sistema solar, de la galaxia entera, los ciclos de la luna y el vaivén eterno e imparable del mar, un ritmo constante que se repite hasta el infinito, los mayas, estudiosos del tiempo aveces con fortuna y otras no, identifican con el mismo símbolo al mar, un caracol, y es elemento fundamental para su control del tiempo. Así fue a los 18 años me entró una de las ideas que ha ido penetrando todos los días en mi imaginación y realidad, después de ese día he compartido el concepto a veces con buena fortuna, otras no tanto, incluso lo han adoptado y discutido, busco la simbología constante del paso del tiempo y los patrones recurrentes, acciones que se repiten constantemente, momentos que sabemos que van a venir tarde o temprano; el tarot lo tiene representado en el Arcano X: LA ROVE DE FORTVNE, movimiento eterno y constante impulsado por una fuerza que no se ve (la manivela continúa fuera de la carta) y la rueda está sobre el mar flotando, esperando el destino inevitable, símbolos que he asimilado y me ocupan buena parte de mis ideas y me han definido hasta el punto de tenerlos tatuados, en mi dragón hay tres espirales, que representan para mí el paso del tiempo y los tres periodos de vida que he tenido, porque como tal vez lo saben, he regresado dos veces de la muerte, no quiero decir que la he vencido porque me parece que ella y yo tenemos un juego eterno, pero he tenido dos grandes llamadas y ahora estoy en el tercer periodo en el que una espiral mucho mayor se presenta en el tercer bloque del cuerpo del dragón, esperando la resolución y apresurando el paso del tiempo para llegar al punto de inflexión, aunque en términos matemáticos puede tender ad infinitum, concepto del cual me ocuparé en otro momento pero que me trae dando vueltas (así) y me llena de miedo, el infinito me da miedo.

Contra el miedo hay remedios, se puede optar por enfrentar la fuente del miedo aunque a veces no es posible, al menos en su concepción terrenal, vayamos viendo como sería ese asunto de enfrentar al infinito, entonces la primera estrategia y que por cierto resulta básicamente cinematográfica de enfrentar al miedo queda descartada. También se  puede recurrir a elementos menos espectaculares pero que resultan efectivos, como puede ser un amuleto. Me parece que todos tenemos claro que el asunto de los amuletos resulta actualmente en algo un poco menos que una tomada de pelo, que 11 de cada 10 que nos ofrecen no tienen ninguna razón de ser y nos aplica el efecto placebo además de un intercambio siempre ventajoso para quien nos ha facilitado el escudo protector para todo peligro, incluido el mal de ojo; aunque no todos los amuletos son así, uno les puede dar el sentido y hasta un fundamento se les puede encontrar, por eso es que ahora es momento de tocar el tema de las piedras, trataré de contenerme y llevar mi soliloquio más allá de las piedras rodantes. Entendiendo el principio de la conservación en lo que nada se destruye y todo se transforma tenemos que lo que hay en lugar que habitamos tiene al menos el mismo tiempo de existencia que el universo, que de acuerdo a mi calculadora de reloj Casio es mucho tiempo y tiene considerablemente más ceros que mi cuenta bancaria, durante ese tiempo, y dale con el tiempo, la materia ha estado por acá, en nuestro vecindario y aquí es donde entra la parte subjetiva, es conveniente creer que dicha materia ha absorbido de alguna manera el paso de los ceros y ha sido testigo de los cambios que hay en cada lugar ¿Qué mejor observador que una impávida e impenetrable roca? Algo debió aprender, algo debió absorber que ahora contiene en su interior, la experiencia de estar presente en la existencia entera de este mundo. El asunto se torna complicado al momento de pretender que la impávida y poco elocuente piedra nos quiera enseñar algo, es cuando aparece la Alquimia, la búsqueda inagotable por la transformación de la esencia de los materiales, la magia pura, la hija bastarda de la química, que se sirve del siempre interesante fuego, del cual tal vez me ocupe en otro momento, de recipientes, alambiques, tubos para destilar, serpentines y uno que otro hechizo para sus objetivos, tal como el Opus Nigrum que tenemos frente a nosotros y que podemos absorber, sublimación y condensación, algo de imaginación y el asunto está resuelto, tenemos un elemento lleno de poder, una roca que contiene dentro de si el conocimiento necesario, absorbe pero comparte lo que dentro de ella se encuentra. Quedando definidas las naturalezas mágicas de las rocas viene la parte personal que es la que nos ocupa en esta ocasión, porque partiendo de la premisa mencionada viene mi interés por las rocas, de hecho, cuando alguien cercano a mi hace un viaje suelo pedirle que traiga consigo una roca del mismo, lo considero un regalo diferente e interesante, al menos quiere decir que la otra persona consideró seriamente el pedido y se tomó el tiempo para buscar una piedra, que aunque parezca fácil, no resulta así en ciertas ciudades. Con las rocas encuentro un gusto especial y busco obtener el conocimiento ya mencionado, convivo con ellas y algunas se convierten en amuletos y compañía permanente, tiene que ver con su origen, la historia detrás de ella y la energía que con la que llegó a mí.


La roca que ilustra esta entrada es un fósil de un caracol de mar que fue encontrada en la sierra de Guerrero, esto de por si tiene un contenido simbólico especial, cuando las aguas del gran océano llegaban a lugares inimaginables y un ser vivo con forma espiral se quedó ahí, haciendo cuentas estimo que han pasado varios ceros y la roca novel se fue transformando con el paso del inevitable tiempo hasta llegar al momento en que fue descubierta y llegó hasta mis manos, que es una historia interesante pero ocuparía muchas líneas más y que por lo interesante que es prefiero reservarla para después. Así en ese objeto inmóvil se encuentra la unión de dos símbolos que me definen, cargados de poder y razones, constructos semióticos que dan fuerza y respaldan acciones, porque a veces necesitamos de posiciones definidas para partir en nuestro camino, es un tótem y amuleto que ahora se encuentra en mi hogar y al que veo con frecuencia. Continúa su movimiento sin fin sumando elementos a su naturaleza, estará ahí después, tal vez en otras manos, tal vez en otro lugar pero ahora se encuentra conmigo y comparte hoy el día de mi cumpleaños.

Después de toda la palabrería anterior me resta mencionar que a mis 35 años me queda mucho por aprender y descubrir, que a cada paso y con cada aprendizaje se abre una puerta, y detrás de esa puerta hay otras que hay que abrir para seguir avanzando, como Alicia en el cuento y el asunto de abrir puertas se reproduce exponencialmente sin fin, sin embargo, cuando lo que hay del otro lado de una puerta no te convence hay que volver atrás y cada vez el camino, aunque con más opciones, presenta elecciones más complicadas, he aprendido que la arrogancia juvenil se deslava con el tiempo, que todo lo que somos y hacemos es transitorio, que las habilidades que tenemos para sobrevivir son importantes, la capacidad de trabajar, las relaciones humanas, el talento, los asuntos corporales, todo es temporal, pero que son un barco en el que transitamos y hay que hacerlo responsabilidad para no quedarnos perdidos en el mar de la vida, al final cuando llegamos a nuestra playa de destino nos daremos cuenta de que el medio y su contenido es impermanente, innecesario y podemos deshacernos de lo que nos sobra, entonces queda la esencia natural, al menos es lo que creo porque no tengo manera de comprobarlo, y lo que he aprendido sirve para tener una vida digna de ser vivida aunque al final y siempre al final sé que mi búsqueda constante es por lo que en realidad estoy convencido, todo lo demás es desechable y queda el núcleo, duro como roca viajando en la espiral despiadada del tiempo, en mi caso queda mi inmutable creencia en el mundo de los sueños y la existencia de la magia qué al final es lo único que tengo seguro.

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